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Hace unos días llegó a mi buzón de email un correo del Decano de mi facultad que, a pesar de anunciar una tarea adicional, me alegraba. El mensaje decía así:

Hoy viernes por la mañana se realizó una reunión con el Ministro Vela, en la que participaron todos los organismos que tienen SUM en la capital: MES, MINED, MINSAP e INDER. El tema central fue la aplicación a los estudiantes de las SUM que se gradúan en 2009 y 2010 de un Diagnóstico en Caligrafía, Ortografía, Redacción e Interpretación. La medida es una de las primeras derivaciones del estudio que se hizo el año pasado bajo la dirección del vicepresidente del Gobierno José R. Fernández. Esta prueba será aplicada nacionalmente, en todos los municipios del país, el sábado 23 de mayo a las 14:00 hs. Es de carácter obligatorio y el que no la apruebe, o no se presente, no se podrá graduar. En la capital, deben tomar parte unos 12500 estudiantes.

Un universitario, evidentemente, tiene que saber escribir. En este caso no se trata de componer un ensayo complejo y estilísticamente depurado. No. Tan solo de hacerle honor a una categoría cultural a la que ingresamos casi todos a la altura de 1er grado: “Alfabetizado”.
Hace algunos años, tuve la oportunidad de impartir clases en uno de los programas de la universalización de la enseñanza, el de formación de enfermeros emergentes. Dos veces a la semana asistía a un políclínico del Romerillo, un barrio “malo” del municipio Playa, para intentar impartir Español Literatura de 10mo grado a unos 20 muchachos cuya edad promedio no llegaba a los 15 años.

Mis enfermeros y yo, al final del curso. Creo que aprendí más de ellos, que ellos de lo que tenía que enseñarles.

Mis enfermeros y yo, al final del curso. Creo que aprendí más de ellos, que ellos de lo que tenía que enseñarles. Como alfabetizador, había fracasado.

Para lograr que aprendieran, se habría necesitado un mago. Y yo no lo era.

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¿Huímos? ¿A dónde? Las cucarachas de Fabelo en la fachada de Bellas Artes

¿Huímos? ¿A dónde? Las cucarachas de Fabelo en la fachada de Bellas Artes

Esta noche una cucaracha cayó sobre mi espalda dormida. En un sobresalto la percibí en la vitalidad de roces propia de las cucarachas que los dedos de ninguna virgen alcanzarán igualar nunca… Era, por demás, un insecto corriente, sorprendido por el terremoto que lo dejaba allí, sin escapatoria, sobre la planicie implacable en la cual recortaba la única sombra. Aplastarla resultó demasiado fácil.  No se movió. No intentó el recurso de toda cucaracha, es decir, correr donde quiera, huir sin tino, tensa cada pata, cada antena, hasta un reducto, un refugio oscuro que le permitiera continuar con su vida sin memoria, e irse a una cocina, a un basurero, a un jardín. Simplemente quedó… ¿paralizada?  No; hay algo que no encaja. No quedó paralizada, sino magnánima. Ecuánime con su suerte en una postura quizá más digna de Héctor que de una cucaracha. Recordarlo me provoca remordimientos, me doy asco. Y sin embargo, la sensación del crujido fugaz de su cuerpo bajo mi mano huye como ella no huyó, como se escurre la última gota de agua jabonosa en el lavabo ahora mismo. Ya no sé cuántas veces me he lavado las manos. Si dejara de hacerlo, no quedaría nada de ella en el mundo ni en mí, pues hasta el último de sus humores reposa en el fondo de las cañerías hace mucho. Únicamente el ritual la mantiene activa. Un minuto me alejo para dejar constancia de todo en esta página. Solo espero que para cuando se agote el agua o la pastilla de jabón, concluyendo este asunto doloroso pero necesario, Príamo, o su equivalente en el mundo de las cucarachas, haya robado su cuerpo de mi cama.

(Publicado en Vida laboral y otros minicuentos. Concurso nacional de minicuento “El dinosaurio”, 2005.)

Tomado de Perlavisión.icrt.cu

Tomado de Perlavision.icrt.cu

Ayer sábado regresé de una breve incursión de cuatro días a la llamada Campaña de Frío, la cosecha de papas donde participan cientos de estudiantes universitarios en trabajo voluntario. Recordé que tenía un reportaje inédito desde el pasado año, cuando asimismo asistí. En estos días los muchachos de FCOM (la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana) se encuentran en Paraíso, un campamento del municipio Güines, y hasta donde pude observar, el clima es bastante más distendido que el que viví en la experiencia anterior. En aquella ocasión, quise publicar el trabajito en Alma Mater, pero parece que se traspapeló. Lo comparto con Uds aclarando que no representa lo que está pasando ahora mismo en Paraíso, sino mis impresiones de Aranguito, en el municipio Melena del Sur, hace ya un año. En esta ocasión, la dirección del campamento es completamente de la FEU, la ausencia de los cadetes del ITM permite un agradable “desorden interior” en los albergues, y la norma de trabajo está menos exigente. Por lo demás, hay buena papa y el reguetón sigue sonando hasta las 4 am. ¡Padrino quítame eta’sal d’encima!


¿POR QUÉ ARANGUITO PERDIÓ EL PRIMER LUGAR?

Melena del Sur, 5:30 AM.
Menos mal —me digo— que, aun dentro de un campamento agrícola de las FAR, la disciplina del “de pie” se ha suavizado con nosotros. Cuando llegamos me asustó una gran llanta oxidada y un trozo de cabilla que colgaban en la entrada del albergue, pero ahora, en la tranquilidad de la madrugada, después de que un teniente coronel con un amable “Buenos días” haya interrumpido el divagar nocturno de Morfeo, observo cómo cada cual utiliza estos minutos iniciales de paz para regresar al escenario del albergue. Algunos tonifican sus músculos con flexiones, otros ruedan en sus literas todavía resistiéndose a despertar.
—Ja. Pero aquí soñar es un problema —cuenta con una sonrisa pícara Esvillel Ferrer, estudiante de 3ro de Geografía.
Él soñó que se levantaba y el campamento había sido inundado por los campos adyacentes. Las áreas de estar eran recorridas por surcos rojizos repletos de tubérculos. Se lanzó a buscar a sus compañeras de aula: en los albergues, en el comedor, en las oficinas, los sacos se amontonaban hasta el techo. Seguía corriendo y a la entrada del campamento las encontró. Desaforadamente, como en una película en fast forward, recogían las papas del suelo. “¡Trabaja! ¡Subieron la norma a 40 sacos!”
—Bueno, eso por suerte no fue más que un sueño —prosigue Esvillel—. También conozco a alguien que soñó que bajaban la norma a 15 sacos… Pero tampoco se cumplió.
Y por supuesto, no hay nada raro en ello. Lo cotidiano es que los sueños no se materialicen; pero no solo esos sueños consecuencia del desvarío de la mente. También aquellos que mueven la sensibilidad y la acción de las personas tienen pocas oportunidades de concretarse si no recorren un abnegado camino de trabajo y planificación, guiados por un sentido de realidad precisamente (por extraño que parezca) a prueba de sueños.
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Camino hacia la esquina. Un buen poema del peruano José Watanabe me hace reflexionar mientras voy en busca de conos de helado. En el texto el sujeto lírico se ve impelido por el sol —«ama rápido, me dijo»—, a guardar con un empeño apasionado y baldío el hielo, metáfora de todo aquello cuya fugacidad acrecienta la belleza.
Caigo del contén, y con el aparato de frozen a pocos pasos ya, la recitación interna del poema que tanto me agrada se desluce con la visión del jarrito que llevo en la mano. Una amiga me ha dado la idea de echar dentro de él varios helados, tres cuatro, diez, «los que quepan; trae los barquillos aparte». Hay una cola pequeña frente al aparato, que con un zumbido destartalado deja escapar el helado de colores vivos bajo la acción de las palancas que dirige una operadora. La mujer toma el dinero y lo tira en un cajoncito, toma los barquillos de un saco de nylon y sirve con una tenue sonrisa. Lee el resto de esta entrada »

A veces me parece que debía sentirme martillado por esa “gran pregunta” que en tantos filmes y libros funciona como un gran lugar común. La pregunta es: “¿cómo llegamos aquí?” Normalmente (por ejemplo, en una película) después de que el personaje dice eso, comienza un dilatado recuento. Se exponen los sucesos, “pasan” cosas. Si en vez de un relato de ficción colocamos nuestra propia existencia, le toca su lugar a la exposición de la vida misma. De cualquier forma solo hay una salida: hacer el cuento.

Pero hoy, cuando pienso cómo llegué hasta aquí, no veo casi nada. No se acumulan las peripecias; y mucho menos las grandes peripecias en el sentido histórico que conocieron otras generaciones. Resulta un hecho desalentador, extraño. De vez en cuando, ¿quién no ha sospechado que la vida le ha sido colocada delante como una especie de trampa, de experimento, de prueba? Si logras “lucirte”, ganas: y ganar es adivinar las reglas del juego, sentencia mi preferido Iuri Lotman. ¿Pero cuáles serán estas reglas cuando no hay pruebas? Lee el resto de esta entrada »

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