Muchas veces nos referimos a la “mayoría de edad”, esa prueba que sobreviene, acaso intempestivamente, y que nos exige una madurez de la que no nos sabíamos capaces. Mirar atrás nos demuestra, más tarde, que vamos en serio.

TELESUR-2No se equivoca Dmitri Prieto (*) cuando identifica la cobertura informativa al reciente golpe militar en Honduras —esa “payasada” criminal, en palabras del ex presidente de la Asamblea General de la ONU, Miguel d’Escoto— como una inmejorable oportunidad para incluir la cadena Telesur de forma estable dentro de la oferta de la televisión cubana. Telesur probó al mundo, cuatro años después de su transmisión inaugural el 24 de julio de 2005, su mayoría de edad.
Hace pocos días pudimos apreciar algunas declaraciones de Mandelein García, una de las corresponsales que mantuvo en vilo a América Latina con su valeroso trabajo desde Honduras. No me sorprendió que la periodista equiparara lo que ha significado esa cobertura para Telesur, con el impacto que tuvo la primera Guerra del Golfo Pérsico (1991) para CNN, su competidora directa. Se considera que con esa transmisión desde el Medio Oriente, el canal norteamericano sentó cátedra y abrió una era baudrillardiana de transmisiones en vivo, tan espectaculares —y a veces tan vacías— como el peor Hollywood.


La comparación no resulta casual. Nuestra ya adulta Telesur compite por un público muchas veces acostumbrado al modo de hacer de la ramplona TV comercial y de las grandes cadenas. Confrontando ese reto nada despreciable, intenta reinventarse a sí misma como frente comunicacional del giro a la izquierda de nuestro continente. En ese contexto, el dilema de Telesur viene siendo del tipo “quién educa al educador”, pues sus realizadores y periodistas no pueden más que estar formados en la escuela de los grandes medios.
No tengo la oportunidad de ser un televidente asiduo de Telesur (trato, en cambio, de no perderme “Lo mejor de Telesur”). No obstante, recientemente tuve la oportunidad de apreciar un par de programas que estoy seguro que las tijeras que seleccionan “lo mejor”, echarían a un lado.
El primero de ellos fue el reporte en vivo desde el aeropuerto de México D.F. del secuestro de un avión comercial. Las imágenes mostraban “sin lugar a dudas” que alguien que no se sabía quien era, por razones desconocidas, había hecho aterrizar el aparato en la capital azteca, amenazando quién sabe de qué manera (bomba, pistola) a la tripulación y los pasajeros. Un comando de la policía rodeaba y asaltaba el avión. No se conocía casi nada de lo que estaba pasando, solo que el supuesto terrorista había pedido hablarle al presidente Calderón. No obstante, la señal de Telesur partía del lugar, encadenada su transmisión con un canal mexicano. Todos estábamos allí; todos como pescados sobre una tarima de primera fila.
Me pregunté qué sentido tenía ver aquello.  ¿Y si explotaba el avión? ¿Qué iba a quedarme además del terror? ¿Acaso motivaría una entrevista posterior que afirmaría que la explosión fue para el canal, lo que el 11 de septiembre para sus homólogos norteamericanos?…
Todos somos gente complicada, y yo, por ejemplo, aunque critico la insulsez de nuestros medios, soy de los que se insulta con la espectacularización que promueven muchos de los extranjeros. Pero no pretendo tomar el asunto por lo pelos al mencionar esa experiencia como un ejemplo generalizable. Es evidente que no lo es. Y aun si lo fuera, concuerdo absolutamente con Dmitri cuando dice que el televidente cubano debe ser el único con derecho a decidir cuáles programas ve en Telesur, o en Cubavisión, o en los canales educativos, o en Multivisión,  o en los telecentros. O cuándo apagarlos todos y quedar a solas con su consciencia.
Una reciente investigación de las periodistas Cosette Celecia y Yarimis Méndez (**) demostró que, en los espacios informativos principales de Telesur, coexisten características del modelo hegemónico de producción de noticias junto a la voluntad de representar sujetos sociales tradicionalmente excluidos de los discursos mediáticos centrales.
“La realidad latinoamericana”, explican, “se construyó también a partir de la presencia en los acontecimientos de los nuevos sujetos de poder —políticos, dirigentes, profesionales, intelectuales— quienes, como impulsores de un proyecto de resistencia contra el orden mundial actual, fueron privilegiados en el discurso del Noticiero (de Telesur). (…) Las amas de casa, campesinos, obreros, desempleados, los negros, indígenas, mestizos, jóvenes y mujeres, fueron también representados en los productos comunicativos analizados, aunque su presencia no estuvo en paridad con la de políticos, intelectuales, y dirigentes del continente que, como representantes de los intereses de los sectores no empoderados, constituyeron sus voceros. (…) A pesar de que Telesur se propone como un medio inclusivo y plural, la preeminencia del empleo de las fuentes tradicionales reveló que, en la construcción periodística de la realidad de América Latina, la representación de los sujetos usualmente marginados a los que Telesur se propone destacar, se realizó a partir de la reproducción de un esquema de poder, en el que los sujetos que ocupan un nivel jerárquico superior dentro de ese grupo tuvieron mayor presencia que los sujetos no empoderados, por lo que en la unidad de análisis no se apreció una equidad en el acceso al discurso.” (Celecia y Méndez, 2008: 90-91).
En cuanto a su discurso sobre Cuba, no creo que Telesur se salga del mismo dilema que confronta la izquierda latinoamericana en general. Esta última, por esencial sentido solidario, evita criticar la realidad cubana. Y por tanto no ayuda a mejorarla, a actualizarla. Pero tampoco se lo pidamos más de la cuenta. Con todo lo que implica, esa actualización recae sobre todo en los que estamos dentro de la Isla.
Por otra parte, existe un costo material en transmitir la señal de Telesur. El mismo que impide que se transmita el canal Multivisión por una frecuencia propia en todo el país. Pero al margen de la inversión necesaria, muchos sospechamos que otros motivos no explicitados públicamente hacen que funcionarios de nuestra TV seleccionen lo que podemos ver de Telesur, y lo que no.
Hace algún tiempo, en una de esas conversaciones de catarsis errante, llegué a cuestionarme si el ejemplo revolucionario de la lucha social en Nuestra América podía resultar demasiado insurrecto para el gusto apoltronado de algunos decisores de nuestra política informativa. Lo paranoide de la idea no me dio buena espina, así que guardé tal hipótesis entre signos de interrogación.
Aquella tarde que pasé frente a Telesur, me di cuenta de que la duda me acompañaría por un tiempo.
La policía mexicana había capturado al secuestrador, un fanático religioso armado con una bomba falsa. Me sentía incómodo con la cobertura. Llegó un noticiero, y como para refrescar del estrés terrorista, la sección deportiva. Y dentro de ese espacio, entre gambetas de Messi, el pedalazo de un ciclista colombiano, y declaraciones de última hora, pasó Alexei Ramírez pegando un homerun decisivo para su equipo de Grandes Ligas, los Medias Blancas de Chicago.
Hmm…
Evidentemente, hay unos cuantos asuntos por resolver antes de que podamos batear sobre las cercas esa regulación paternal que elige por nosotros “lo mejor” de Telesur. Para empezar, prohibiciones maquinales cuya pertinencia está más que en entredicho.
Hace ya semanas, Mel Zelaya infiltró el país del que es presidente, y no sé cómo va a terminar el zarpazo oligárquico en Honduras. Espero que el giro a la izquierda de Nuestra América nos traiga más independencia, más justicia y felicidad. También espero que construyamos un lenguaje audiovisual propio, emancipador, que forme parte de ese proceso. Junto a Dmitri, y a todos, espero verlo en mi televisor. Para ello, empero, queda bastante por luchar.

(*) En su artículo ¿“Lo mejor de Telesur”? <http://www.esquife.cult.cu/agendaesquife/2009/09septiembre/01.html>

(**) Celecia, Cosette y Yarimis Méndez (2008) Buscando ese Sur pospuesto. Un acercamiento a la construcción periodística de la realidad de América Latina en el Noticiero Estelar de Telesur. Trabajo de Diploma, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

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