Salgo del aula después de debatir un rato con estudiantes de 4to año de Periodismo sobre la comunicación pública en la Cuba de los 90.

El llamado “periodo especial” (aka. la crisis total que sobrevino al derrumbe del socialismo en los países del este) nos dejó rastros indelebles. Naturalizó en la vida cotidiana la decisión de emigrar, incluso la hizo una estrategia de sobrevivencia planificada en la familia. Desarrolló hasta límites inverosímiles la creatividad insular. Lo fraudes más extravagantes (un bistec de colcha de trapear en las playas de Marianao) se yuxtaponían a un sinnúmero de peripecias tragicómicas (un buffet elaborado exclusivamente con cáscara de plátano en un balance municipal del Partido Comunista). Llenamos la clase de anécdotas, no podía ser de otra manera.

¿Y ahora no viene otro periodo especial?

"Alicia..."() Para mi gusto, junto a "Madagascar" (1994), de Fernando Pérez, las dos piezas maestras del espíritu de los 90 cubanos en el cine.

"Alicia..."(1991) Para mi gusto, junto a "Madagascar" (1994), de Fernando Pérez, las dos piezas maestras del espíritu de los 90 cubanos en el cine.

Recordamos el film Alicia en el pueblo Maravillas, de Daniel Díaz Torres (dir.) y el grupo Nos-y-Otros (con Eduardo del Llano) en el guión. Los cubiertos encadenados a la mesa de la pizzería, el jabón detenido en el aire, asido a un alambrón sobre el lavamanos. Y traté de ponerlos en situación, recrear la imposibilidad de “producir” absurdo. Porque la gente del pueblo donde se filmaba decía: “¡Qué buena idea! Aquí hay que encadenar los cubiertos, verdad que a los artistas se les ocurre cada cosas…”

La crisis dejó las pautas de conducir la vida cotidiana de cabeza. Hoy vivimos, para bien y para mal, los ecos de entonces.

Recordamos la sensación tremenda de un grupo de hombres, solitarios en su mutua compañía, en la madrugada de la costa un verano de 1994. Y su destino trágico, afortunado, trivial. (Recordamos el documental Balseros.) Y los vítores, y los rezos a Yemayá de los vecinos.

(No hice el cuento de mi abuela llorando frente al plato de arroz y chícharos que tenía para ofrecerme.)

Hay quienes creen, o quizás recuerdan, que en Cuba se enseña en claustros dogmáticos. Según cuentan, en ellos se ahogaba el sentido común, se apretaba los ojos y se administraba una papilla clorada, ideológicamente pura. Pero los muchachos de esta mañana preguntaron y compartieron sus ideas sobre el hundimiento del remolcador 13 de marzo, sobre los asesinatos de Tarará, las avionetas de Hermanos al Rescate, los disturbios del 5 de agosto de 1994, sobre cómo la prensa viró las espaldas hasta que recibió el mandato. (Hay que ver quién viró las espaldas, dice alguien. Porque he visto en el ICRT todos los casettes guardados, las filmaciones originales, los reportajes que nunca salieron.)

Bueno, eso lo vemos todavía. El sentido que quiero que cojan de la época, es que mientras existió una contracción de espacios (sobre todo impulsada por la crisis material), las voces y discursos públicos se diversificaron. Publicaciones culturales, religiosas, ONGs, algunas películas, ponían asuntos bien calientes, la timba y el rap subían, hablando el lenguaje de la calle, y ese-de-ahí-mismo, el cubano de a pie, el de la parada de guagua, se destapó para siempre.

Que podamos estar así en un aula, es la mejor herencia de esos años. El hambre —a la larga, y a pesar de todo— parece que nos hizo hablar mejor.

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