Hubo un tiempo en que me dio por la Filosofía. No aprendí demasiado, pero me divertía mucho complicándole la vida a mis compañeros, buscándole la quinta pata a todos los gatos que nos pasaban por el lado.

Marx, Nietzsche, Sartre, Platón, Foucault, Aristóteles, Berkeley, Hume… No tenía escuela, no tenía bandera. Como un sofista, intentaba ponerlos a todos en bronca,  enlazaba citas que no tenían mucho que ver. Era divertido, expresión y respuesta gozadora a los profesor@s que se esforzaban por ponernos la cabeza mala.

Entre los que trataba de leer en esa época, sinceramente sin entender demasiado, se encontraba L. Wittgenstein. Un día abrí (en PDF) su famoso Tractatus Lógico-Filosófico y me llamó la atención la recia progresión formal de sus argumentos. Después averigué que Wittgenstein quería de hecho depurar la Filosofía de la palabrería metafísica, la cual, para su entender, solo creaba paradojas artificiales en el pensamiento, espejismos de problemas donde no los había.

El final de su libro, en especial, me ha llamado siempre la atención, porque además de aparentemente cancelar el pensamiento fiósofico, mezcla algunos giros casi populares en su discurso.

Dice así:

El verdadero método de la filosofía sería propiamente éste: no decir nada, sino aquello que se puede decir; es decir, las proposiciones de la ciencia natural –algo, pues, que no tiene nada que ver con la filosofía-; y siempre que alguien quisiera decir algo de carácter metafísico, demostrarle que no ha dado significado a ciertos signos en sus proposiciones. Este método dejaría descontentos a los demás –pues no tendrían el sentimiento de que
estábamos enseñándoles filosofía-, pero sería el único estrictamente correcto.

Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas. (Debe., pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido.) Debe superar estas proposiciones; entonces tiene la justa visión del mundo. De lo que no se puede hablar, mejor es callarse.

Esta última sentencia me parecía, además, complementaria con el “Lo que se sabe no se pregunta”, esa sabia admonición religiosa afrocubana.

En cierto sentido mataba la posibilidad de comunicar cosas extrañas, maravillosas, pero no acababa con la realidad de sentirlas.

Me preguntaba qué habría sido de Wittgenstein si después de haber terminado su obra, hubiera experimentado alguna sensación extraña, mística, de esas a las que él mismo negaba posibilidad de expresión con el nudo que había apretado en su lengua filosófica. Explorando esa idea, escribí estas líneas. Sigue dos caminos sintácticos, entrelazados, a medias entre la cabeza de Wittgenstein y, digamos, la mía…

EL MÉTODO DE L. WITTGENSTEIN

El método estriba en evitar los símiles y mayores arriesgos
Y de tal forma
Un estudio ponderado de cada escalón
una precisa eslabonaría propensa a lo trascendental mas circunscrita a lo
| intrascendente
una ciencia
que alcance
que suba fincando su paso acendrado en niveles progresivamente  eximios
en proposiciones de la justa calidad del mundo
una ciencia
que remonte
que detecte enjuicie dictamine que aquello sobre lo cual había versado
| por milenios nuestra voz de ahí en lo adelante no sería tomado por un acertijo
| minoico ni por un falaz recóndito sino que no había existido nunca
una ciencia
con una faz suprarracional
denotativa
y el reverso de unos tipos grises con ojos agrandados por las lupas
la Filosofía
sin modestia pero sin egoísmos
el ápice del Todo
cuya virtud desinfle el cosmos sobre una báscula de precisión
para saldar el débito de siempre
El Mundo es un Milagro
que una vez hollado impulsa a exclamar extáticamente
El Mundo es un Milagro
Pero eso es una rotunda inexplicable estupidez

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