Por: Armando Chaguaceda

(tomado de Bloggerscuba.com)

Ser una persona informada y politizada debería ser cosa común en un país que, cómo Cuba, celebra 50 años de intento liberador. Sin embargo entre muchos amigos, vecinos y familiares, preocupados por llenar diariamente sus platos, tratar de “desconectar” el stress y portarse simuladamente bien, uno llega a sentirse aparentemente sólo y extraño. Cuando el activismo es desmotivado por los cansancios y las censuras, la prensa muestra un país irreal y las soluciones personales pasan por la ilegalidad o la ruptura, abrazar un liberalismo espontáneo adquiere visos de sentido común para buena parte de mis compatriotas. Entonces uno se pregunta qué carajo es y cómo encaja en el mundo que le cerca.

Me formé como persona de izquierda (“revolucionaria” diría la tradición) por una familia con convicciones antiimperialistas y de justicia social, sumada a la gesta del 59 por voluntad propia y no por ser parte de la ecuación falsa y simplista “pobreza = radicalismo= emancipación”.  En mis años de militancia (trece en la Juventud Comunista, ocho en espacios culturales, comunitarios e informales) he intentado articular sentimiento e ideología, horizonte personal y proyecto social.

En doce años de hermosa entrega al magisterio he creído siempre en el aula como ágora de libertad responsable, foro forjador de conciencia y aprendizaje colectivo mediante el diálogo erosionador de jerarquías. Participar con los muchachos en marchas estudiantiles, abrir las clases al testimonio de compañeros de América Latina, batallar contra burócratas, tratar de ser coherente en lo que uno siente, piensa, habla, escribe y hace, han sido mis antídotos para reducir miedos, cansancios y decepciones.Pero voy sintiendo que se nos acaba el tiempo y las opciones. La pasada semana, preñada de promesas, discursos ambiguos y enroques ajedrecísticos de alta política, la V Cumbre de las Américas acabó en Puerto España anunciando nuevos tiempos para Cuba. La nueva administración gringa, realista e inteligente, parece empeñada en conseguir por medios diplomáticos un modus vivendi más distendido con su vecino socialista.

Los países latinoamericanos persisten, frente a la aún comprensible altivez isleña, en empujar la reinserción de Cuba al Sistema Interamericano y prometen formalizar ese pedido en su próxima reunión.

Y la dirección cubana oscila entre señales de apertura y mutismo, combinando penosos letargos informativos y avalanchas reflexivas de Fidel, que aturden al cubano en cuanto a la estrategia asumida por sus gobernantes para lidiar con el cambiante escenario.

Dos cosas saltan a la vista: la necesidad de no confundir distensión con solución y la urgencia de no perder este escenario de dialogo. En esta coyuntura a los cubanos no nos conviene, como diría un amigo, ponernos los cárteles de comemierdas o resabiosos. Combinar claridad, firmeza estratégica y flexibilidad táctica es tan difícil cómo impostergable. Y si de eso nos percatamos los simples mortales, ¿será tan difícil que lo hagan los informados decisores?

Con el pensamiento conservador del socialismo cubano, autoritario, estatista y centralizador, comparto pocas y firmes cosas, entre las que destaca la desconfianza frente al Imperio. Como conozco la historia recuerdo que los objetivos de política exterior de EEUU (que pasan por la sujeción de Cuba a diferentes formas de dominio imperialista) sólo se readecuan en la actual coyuntura de resquebrajamiento de la hegemonía mundial yanqui, pero no desaparecen.

Los EEUU siguen siendo una potencia que “no tiene amigos, solo intereses”. Y el “encantador Obama”, pese a su carisma y apoyo masivos, aún tiene a sus espaldas poderosos obstáculos que limitan sus posibilidades de hacer.

Pero desconfianza no puede ser inmovilismo. Y una retórica que promueva o sugiera confusión o agresividad dentro del liderazgo cubano (generada por este o tramposamente inducida desde fuera) solo ayuda a los halcones defensores del bloqueo. Creer que cualquier tiempo futuro es peor, que nada puede mejorar, que la postura fascista de Bush y el lacayismo regional de los 90 son idénticos al liberalismo de Obama y el consenso de centroizquierda de la Latinoamérica actual es un acto de ignorancia o mala fé. Y prolongar (junto al acoso imperial) la lógica de campamento sitiado que ha desgastado la vida de tanta gente, al tiempo que nos desconecta de los procesos de integración global, es una actitud perversa.

La persistencia en condicionamientos estructurales a Cuba, dirigidos desde los EEUU parece ser tan firme como la resistencia a cambios estructurales dentro del estado cubano. La fatal insistencia externa en presionar o penalizar a Cuba, o la creencia oficial de que el discurso radical y beligerante sostiene el mismo nivel de apoyo interno de hace 50 años en una población nacionalista pero cansada, orgullosa de sus conquistas sociales pero dolorosamente dividida en ambas orillas del estrecho de la Florida por políticas de la Guerra Fría, son ambas nocivas e irresponsables.

Y pueden hipotecar, en el sentido común, la idea de un proyecto independiente, sostenible y socialmente justo cómo alternativa viable y deseable, sobre todo para las jóvenes generaciones.

La sociedad cubana, junto sus promocionados rasgos solidarios y equitativos, tiene otros que prefiguran, por miles de razones y cada vez más con fuerza, la erosión de la hegemonía ideológica oficial y la desciudadanización, en cuyos cauces se generan actitudes de enajenación, acomodamientos y subordinación a los dictados del dinero y el poder.

La burocracia sigue dialogando consigo misma e imponiendo acuerdos desiguales a la gente bajo formas de coacción o cooptación, reproduciendo la asimetría entre lo estatal y lo social. Es en este marco donde se priorizan formas de participación consultivas, focalizadas y parroquiales que nos agrupan, y se aíslan y fragmentan los debates populares que nos convocaron, esperanzadores, en el verano del 2007.

En este aparente “dominó trancado” constato un agotamiento de los actores y discursos tradicionales que han dominado los escenarios oficiales y opositores. Desde mi experiencia hoy ciertos segmentos de la joven intelectualidad, bloggers independientes, grupos artísticos y comunitarios, y disímiles manifestaciones del arte, la religión y la praxis popular cotidiana expresan mejor el sentir y propuestas reales de la gente. Lo hacen a contrapelo de los clichés de la prensa gubernamental y la disidencia, empecinados en reducir el horizonte de alternativas a las ofrecidas por un engarrotado socialismo real o las recetas neoliberales.

De cara al futuro en Cuba precisamos relanzar, con nuestras  ideas y acciones, una ciudadanía militante y participativa, que amplie, de forma inclusiva, las cotas sociales de igualdad y libertad, desestatizando la esfera política y la representación de identidades diversas. Y aprovechar para ello los niveles apreciables de educción, acceso a la cultura, mentalidad igualitaria y la noción de participación como deber ciudadano, heredados de la Revolución.

Al escribir estas líneas pienso en mi abuelo materno, que murió herético y fidelista, en el tío del cuál aprendí la mezcla cubana de comunismo y retozo, en mi padre militar que incentivó mi vocación de maestro y científico social y con quien aprendí, en discusiones de sobremesa, el valor de la tolerancia. Por todos ellos, por mis recuerdos y esperanzas, quiero creer que antes de disponernos a negociar todo con el acechante vecino, los cubanos contaremos en las decisiones negociadas en todas las cumbres altas y borrascosas, no cómo fichas de cambio o mendigos, sino como ciudadanos. Y que podremos desbancar las posturas estalinistas y anexionistas que nos acechan, para debatir y transformar entre nosotros la obra que hemos defendido, poblados de heridas y sueños, durante el pasado medio siglo.

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