¿Huímos? ¿A dónde? Las cucarachas de Fabelo en la fachada de Bellas Artes

¿Huímos? ¿A dónde? Las cucarachas de Fabelo en la fachada de Bellas Artes

Esta noche una cucaracha cayó sobre mi espalda dormida. En un sobresalto la percibí en la vitalidad de roces propia de las cucarachas que los dedos de ninguna virgen alcanzarán igualar nunca… Era, por demás, un insecto corriente, sorprendido por el terremoto que lo dejaba allí, sin escapatoria, sobre la planicie implacable en la cual recortaba la única sombra. Aplastarla resultó demasiado fácil.  No se movió. No intentó el recurso de toda cucaracha, es decir, correr donde quiera, huir sin tino, tensa cada pata, cada antena, hasta un reducto, un refugio oscuro que le permitiera continuar con su vida sin memoria, e irse a una cocina, a un basurero, a un jardín. Simplemente quedó… ¿paralizada?  No; hay algo que no encaja. No quedó paralizada, sino magnánima. Ecuánime con su suerte en una postura quizá más digna de Héctor que de una cucaracha. Recordarlo me provoca remordimientos, me doy asco. Y sin embargo, la sensación del crujido fugaz de su cuerpo bajo mi mano huye como ella no huyó, como se escurre la última gota de agua jabonosa en el lavabo ahora mismo. Ya no sé cuántas veces me he lavado las manos. Si dejara de hacerlo, no quedaría nada de ella en el mundo ni en mí, pues hasta el último de sus humores reposa en el fondo de las cañerías hace mucho. Únicamente el ritual la mantiene activa. Un minuto me alejo para dejar constancia de todo en esta página. Solo espero que para cuando se agote el agua o la pastilla de jabón, concluyendo este asunto doloroso pero necesario, Príamo, o su equivalente en el mundo de las cucarachas, haya robado su cuerpo de mi cama.

(Publicado en Vida laboral y otros minicuentos. Concurso nacional de minicuento “El dinosaurio”, 2005.)

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