Bueno, está comenzando el año y entramos quizá un poco subidos de tono. Para refrescar, voy a colocar unas poesías. Llevan una mínima introducción. Vivo en el municipio Playa, en La Habana. Es una buena zona, en general, y me agrada. Le tengo cariño a las cosas, a las calles. En algún momento hace años, me percaté de que tenerle cariño a la esquina de 42 y 7ma, o a la 5ta Avenida, difería muchísimo de querer el Prado, la Rampa, o la Plaza de San Francisco… Allá estaba la gravedad de la cultura, la huella densa de la acumulación de acontecimientos, de vivencias… Esto por acá era, en comparación, bastante hueco, light…
Entonces me puse a ver con qué recuerdos o incluso (como en el caso del conde Barreto) acontecimientos históricos, podía organizar una pequeña mitología para el barrio. Traté de hacerlo en estas poesías que, en general, salieron un poco pujadas del autoencargo. Las une el hecho de ser pensamientos sobre lugares cercanos…

EL CAMINO VERDE
(por el bosque Almendares, hasta el dique)

Tintinean en chispazos las botellas verdes
que duermen sus escamas tendidas en el camino
como víboras

Crudo el río
es cisma del camino
Su lomo de espumas adormece los ojos de
Argos al fondo de las botellas rotas
Una galaxia de guisazos
ase el movimiento que lo explora y
en salpicaduras de vidrio poco
a poco el camino se hace río

Hiede la manigua sus deseos
El orín bautiza álamos brujerías y
el hiato del próximo paso
se disuelve en una escupida

Achicados se aflojan los encantamientos
Telones oblicuos cierran la catedral de musgo

Sin cadenas ni güijes
el río el camino y el verde
oscurecen

LOS MASTINES RABIOSOS DE DON BARRETO
(mi primera lección de historia local, en 9no grado)

Una finísima colección de mastines
limpiaba Puentes Grandes de limosneros
Sus nervios de coral rojo no bastaron a
Don Barreto para ganar la
justicia de un Drácula de un Heidrich
Ganancia que la historia local rescata a su forma
la forma de un abusador excéntrico
dato casi científico de costumbre especie de
antipoesía de la leyenda
El mismísimo Almenariz le negó la extremaunción y
una riada que subía lomas metió sus huesos
en una cueva del monte casi en la playa
entre los hoteles y Buenavista
Llevaba en el bolsillo su bala de plata pero
hay que disparársela

EL JARDÍN DEL SOLAR
(realismo sucio, un amigo borracho de la familia)

Mimí la vieja de su vida se cayó y
estuvo grave
En casa de una sobrina
Marcelo pasó unos meses sin beber
pero se cansó
Un día llegó y Mimí vendía desde la silla de ruedas
los blummers que una vecina había tendido en el solar
Así que Marcelo resolvió colgarse él también de la tendedera
Cuando estaba bien borracho llamó a mi casa
Era de madrugada y
alguien lo mandó a colgar en fin
Amaneció su cabeza florecida de pétalos granate
hecha un espectáculo de flores en la alcoba

EL MOLESTO ZUMBIDO DEL AMOR
(en la costa, al lado del Chateau, una muchacha)

Nunca se ha estudiado bien la erosión de los mosquitos
en aquellos que dudan si se aman
Su inhóspito rumor zumba cada palabra y
cada escalofrío o insinuación es sorprendido por un manotazo
Exige desenlaces cuando
asalta las imágenes / las echa a su garganta
que siente un aleteo como de efervescencia pasajera
Escombros para el rumor que
de otro manotazo espanta el último zumbido sin pasión

LA NOCHE EN LAS AFUERAS
(de madrugada, por una de esas calles de Siboney)

Los reflejos de los flamboyanes llevan los sentidos
de los pelos en la noche.
Se fugan los rojos aspavientos de las señales
anegados por un silencio que
ahora aparecería en las fotos como
los espíritus de los castillos de Gales.
Termina la calzada en la arena de la isla y
el auto moja sus barbas apagándose en reflejos de plancton
para consagrar el silencio
en el silencio.
Multiplica los reflejos tan punzantemente bellos
antes que se haga tarde y amanezca.

HAY UN MILLÓN DE BESOS DE YEMAYÁ EN LA COSTA
(nadando en invierno a través de una pared de aguamalas)

Hay un millón de besos de Yemayá en la costa
Vienen barriendo las aguas
Transparentes arropan a los que
inclinan su frialdad ante el espejo azul
que maquilla con cada beso un aullido
Hurgan púas corales dedos testículos
sin omisión cubren kilómetros infinitésimos
Las olas los arrollan y confunden en el volumen
donde son tan delicados como una burbuja
Uno muere y
revierte al fin su dolor al mar
Ciento ahogan el vacío en los labios de la diosa

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