No ha habido civilización o pueblo, etnia o familia, individuo o planeta, que no se haya creído es de forma “natural” el centro del mundo.
Los griegos tenían una palabra para eso: “omphalos”, que ha llegado a nosotros transformada en ombligo. La utilizaban para nombrar el sitio donde estaba situado, con sus vapores narcóticos, el oráculo de Delfos, su conocido santuario donde los sacerdotes interpretaban el mundo al transferirle un orden sacralizado que bien visto, no era sino producto de una auténtica y colosal borrachera. Pero no creo que fuera tanto la borrachera de aspirar gruesas volutas del humo de… cebada, cáñamo, laurel (seguro que hubo “malas” mentes que pensaron otra cosa). También considero que fueron víctimas de una borrachera mayor, aun más perseverante y noqueadora: la borrachera que produce el mero creerse ombligo, la ombliguitis.
La ombliguitis es, digan lo que digan, una trágica constante a lo largo de toda la historia, así como fugarse de ella la rebelión de intención didáctica de muchos de los enfermos.
Cuando me diagnosticaron mi ombliguitis, el análisis decía así más o menos:

Otro paciente que se cree que es el centro del mundo. Se le orienta quitarle el plug periódicamente a los siguientes asuntos: crisis de la libertad de información, crisis del periodismo y las artes, crisis del bloggueo, crisis ecológica planetaria, crisis con el modem de su PC, crisis de ciudadanía y democracia en Cuba, crisis internacionales (políticas, militares, humanitarias, etc.), crisis con su novia, crisis de la izquierda latinoamericana, crisis del proyecto de nación… Y por ese estilo, unas cuantas minucias más. Tratamiento: que se largue bien lejos de vez en cuando y ponga los pies en la tierra.

La semana pasada me tocó tratamiento, y esta foto me la tomé para demostrárselo.

pies-tierra

Caí bien lejos del asfalto habanero: en Baracoa, que se celebraban carnavales con Cándido Fabré a todo tren y trenes de cerveza. Y de ahí arranqué en una expedición que me condujo a la Bahía de Taco y el río homónimo, a subir por el río Nibujón, encontrar las cuchillas del Toa después de que el jeep en que viajaba se apagara con las aguas del Quibiján a media puerta, explorar las faldas del Yunque y las cascadas del Duaba. La riqueza visual de los paisajes no voy a perder tiempo contándola, como se dice, una imagen vale más que mil palabras. Así que tres…

Sal de la tienda, mira esto.

Sal de la tienda, mira esto.

El Toa, con su caudal disminuido por la seca, sigue sereno su cauce por las "Cuchillas".

El Toa, con su caudal disminuído por la seca, sigue sereno su cauce por las "Cuchillas".

Amanecer en Naranjo del Toa. La neblina sobre las lomas, dos naranjas al estómago y al agua.

Amanecer en Naranjo del Toa. La neblina sobre las lomas, dos naranjas al estómago y al agua.

Pero para explorar la riqueza de las personas, no bastarían mil imágenes. No se puede ver tan fácilmente cómo la gente nos brindó su casa cuando éramos desconocidos, cómo los campesinos nos regalaron viandas cuando nos dio por cambiar la ruta y no teníamos comida. Tampoco lo normal que resultaba para Adianet, una amiguita de 8 años que hice, cruzar en brazos del padre 2 veces el Toa para llegar a su escuela primaria, cazar langostinos entre las piedras, treparse por las matas, y querer ser bióloga, como los científicos que a menudo visitan esas lomas del Parque Nacional Alejandro de Humboldt. Vaya, es un sueño que contrasta con el esquema que la ombliguitis inocula en nuestro cerebro, que parecería irrealizable en medio de esa serranía.
La gente vive tranquila con mucho menos de lo que estamos acostumbrados a considerar pobreza. No significa que sean felices, ¿quién lo es? Pero disfrutan realizar acciones olvidadas muchas veces por nosotros: ser hospitalarios, compartir lo que se tiene (no lo que sobra). Y aun más, hay algo en el planeta Cuba que permite que, aun en esas condiciones, el sueño de Adianet no sea un disparate. Lo llaman socialismo. (Pero yo sé que para hacerle honor a la palabra falta mucho.)

Conocí alguna vez a un estudiante alemán, de esos que a los 23 años han viajado por 8 ó 10 países de África y Latinoamérica (Europa no se cuenta, es como moverse en el barrio) que decía que lo que más le había impresionado de Cuba ver una escuelita rural, perdida en el medio del monte, con el panel solar en el techo. Y no es muela. Yo vi varias, y entré en la de Naranjo del Toa, donde hay semanas que no llega ningún medio de transporte, y es muy fuerte y conmovedor ver a los niños con un aula casi exactamente igual a la que podría haber en el Vedado. Honor a quienes honor merecen, desde Fidel hasta la maestra.

La escuelita de Naranjo del Toa.

La escuelita de Naranjo del Toa.

Se acabaron mis 10 días de terapia, y regresé más embullado con la idea de algún día hacer radio comunitaria. Vengo con material para, al menos por un tiempo, no agobiar tanto con las crisis y aprovechar las oportunidades. Vengo positivo. Cuando la ombliguitis remite, las cosas se ven más claras y ya con los pies en la tierra, solo queda la borrachera inocua de la cerveza de Baracoa.

Hay un lugar de Cuba donde la gente no se preocupa tanto por la performance de Tania Bruguera, sino porque tiene un “machito” extraviado hace 4 días, donde no lo agobia la falta de acceso a Internet, sino que está cortando yaguas para tapar una gotera, donde conoce cuán poco rinde el dinero, y por eso mismo te regalan un racimo de plátanos de 150 pesos. Uno no puede menos que reevaluar sus prioridades, entender que este país es bien grande, mucho más real, crítico y sabio que este cuarto de desahogo digital en que nos movemos.
El papá de Adianet nos mató el hambre la semana pasada y por acá también deberíamos pensar cómo devolverle el gesto. Para empezar, teniendo bien claro que nada de lo que hagamos debe interponerse en el camino de su hija.

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